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Las Ruinas de Palmira PDF Imprimir E-Mail
jueves, 17 de mayo de 2007

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Constantine François de Chassebaeut, conde de Volney, alcanzó notoriedad en una época en que más se acusó la relación entre el arte y la política. Fue el impulsor de los viajes al Oriente, a las tierras donde el misterio habría de alimentar la literatura occidental. Pero él fue más allá de lo meramente literario. Viajó por Egipto, Siria, Palestina y otros países en los que conoció los Misterios calificados de Sublimes por algunos filósofos. No se desplazó a Oriente sólo en busca de ideas para alimentar su estructura literaria; fue a los países lejanos con el afán de encontrar el origen de todos los cultos y con la intención de combinarlos en una superstición única. Así pues, es el Misterio, o los Misterios, el verdadero acicate que impulsó a Volney a indagar en las páginas de la sabiduría antigua de esos países, tan ricamente expresada en sus grandes libros de piedra, cuyas páginas, por desgracia, se encuentran caóticamente diseminadas entre tanta ruina arquitectónica. Desde aquí invitamos a leer la que es considerada como obra cumbre de Volney: Las Ruinas de Palmira, cuyo primer párrafo nos complace ofrecer a continuación.

INVOCACION

  ¡Salve, ruinas solitarias, sepulcros sacrosantos, muros silenciosos! ¡Yo os invoco! ¡A vosotros dirijo mis plegarias! ¡Sí! ¡Al paso que vuestro aspecto rechaza con terror secreto las miradas del vulgo, mi corazón encuentra al contemplaros, el encanto de los sentimientos profundos y de las ideas elevadas! ¡Cuántas útiles lecciones, cuántas reflexiones patéticas o enérgicas ofrecéis al espíritu que os sabe consultar! ¡Cuando la tierra entera esclavizada enmudecía delante de los tiranos, vosotros pregonabais ya las verdades que detestan; y confundiendo las reliquias de los reyes con las del último esclavo, atestiguabais el santo dogma de la IGUALDAD! En vuestro tétrico recinto es donde yo, amante solitario de la LIBERTAD, he visto aparecer un genio, no tal como se le representa al vulgo insensato, armado de antorchas y puñales, sino con el aspecto augusto de la justicia, teniendo en sus manos la balanza sagrada en que se pesan las acciones de los mortales en el umbral de la eternidad.