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 Hay muchas personas que suelen dedicar incontables horas de su tiempo libre, incluso llegan a gastar una importante cantidad de dinero en aras de conocer cuanto más datos posibles estén relacionados con sus raíces, con sus orígenes familiares.
Ante esto, ¿quién no guarda con sumo cuidado las fotografías de su niñez, de su juventud, de sus hijos, de sus amigos; fotos y cartas de sus parientes, estén vivos o no? Y cuando se contemplan, ¿quién evita hacer una reflexión sobre la historia pasada; especialmente cuando ese entrañable instante es compartido por otros miembros del hogar? Con esta humana inclinación hacia el reconocimiento de nuestro ayer, hacia el cumplimiento casi obligado con ese íntimo deseo de atrapar el tiempo en la memoria de nuestra nostalgia, muchos somos inclinados también a indagar en los detalles de los orígenes de aquellas organizaciones a las que pertenecemos, ya sea la historia de nuestro club deportivo favorito, club literario o gastronómico, o de coleccionismo, etc.
Por eso entiendo que es bueno repasar algunas particularidades de la historia de la Francmasonería, pero no contempladas como una nueva tesis o teoría de experto. Con este escrito no pretendo dar lecciones a nadie ni decir cuál es el mejor modo de realizar el ritual ateniéndose a su antigüedad, o a los usos y costumbres de la logia, sólo trato de divulgar hacia dónde va la Orden, más que de dónde viene, aunque para saber lo primero es necesario tener una referencia fidedigna de lo segundo. Por esa razón hay que mirar al pasado, a los hombres que dieron a la Francmasonería la forma organizativa que conocemos en la actualidad.
Uno de esos hombres fue Elías Ashmole, de cuya vida ya realicé un bosquejo que figura en algún lugar de esta WEB; hoy le corresponde el turno a otro destacado personaje de nuestra historia: Teófilo Desaguliers.
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