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Por un lado, está la época legendaria. Período que relata la historia del supuesto origen y aparición de la Orden en tiempos remotos, incluyendo los detalles de los eventos que intervinieron, tanto para auspiciar su nacimiento, como en su posterior desarrollo.
Naturalmente, en este caso no tenemos pruebas fehacientes de todo ello, sólo disponemos de una tradición oral, cuyo contenido no se halla refrendado por documento alguno que pueda proporcionar a las leyendas transmitidas un carácter de autenticidad histórica.
Partiendo de esta premisa, se han de considerar entonces los inicios históricos de la Masonería en el momento preciso en que hacen aparición unos documentos manuscritos o impresos, mediante los cuales podemos afirmar que los hechos narrados en los mismos sucedieron realmente.
Asimismo, cuando de la historia de las naciones se trata, es muy difícil poder definir con cierta exactitud el momento en que el período prehistórico cede el paso al histórico.
Dificultad que bien podemos comprobar, por ejemplo, si queremos hacer un estudio pormenorizado acerca de los orígenes del poblamiento humano de la Península Ibérica.
Gracias al estudio de los más antiguos fósiles físicos y culturales descubiertos hasta el día de hoy, se piensa que la llegada del hombre a la Península se puede establecer en una antigüedad de unos 1,82 millones, cuando arribó a estas tierras el Homo erectus -una subespecie primitiva del Homo sapiens- especie que es considerada como la primera
colonizadora del Viejo Mundo.
Esta población evolucionó en el Homo faber y de ello tenemos evidencias arqueológicas mediante una industria lítica progresivamente depurada, uniéndose a la aparición y desarrollo de un sistema agrícola y una expresión artística sustentada en el arte de la cerámica.
Desde ahí todo vestigio histórico es desconocido, hasta descubrir la existencia de las civilizaciones ibera y fenicia, cuya escasez de referencias sume a estas últimas culturas en una oscuridad histórica realmente densa, sin embargo esta opacidad comienza a disiparse en gran medida con la llegada de la cultura griega, y más tarde desaparece con la romana.
A partir de estos puntos de inflexión cultural se puede decir, mientras no se obtengan nuevos hallazgos que digan lo contrario, que el concepto de época prehistórica de la Península fue desplazado por la denominación de histórica, gracias al empuje originado por las nuevas y claras evidencias de la vida, sucesos, leyes y costumbres de los nuevos pueblos colonizadores, griegos y romanos, testimoniadas mediante textos escritos en soportes arcillosos, en metal o en derivados de piel de animales.
Pero esta condición de dificultad no se para ahí, también la tenemos presente en nuestro mundo próximo y circundante. Por ejemplo, cuando intentamos definir la línea exacta que demarca y clasifica los llamados reinos de la naturaleza y las diferentes especies y subespecies que los componen.
Como es natural, y para no ser menos, a la hora de abordar la reconstrucción de la Historia de la Masonería también nos encontramos con idénticas dificultades. Pero en esta ocasión esas dificultades van creciendo a medida que varían los diferentes puntos de vista desde los cuales contemplamos y entendemos la Institución.
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